Tonta – Relato

(Nota: En debatalia, foro en el que participo, alguien, con el curioso nick de Mateo_Matadero, estaba buscando webs donde la gente alojase relatos para adaptar uno a cómic, como ejercicio. No parecía encontrar lo que buscaba, así que me ofrecí a escribir uno para que él luego hiciese lo que qusiera con él. A mí me apetecía escribir algo “por encargo”, o como materia en bruto de algo posterior. Y a él dibujar un comic, pero sobre la base de una historia ya escrita. Un mes después de eso, finalmente me puse al teclado y ayer escribí este relato que viene a continuación. Se lo he enviado a Mateo_Matadero y parece que en principio le ha gustado. El resultado final creo que tardará un tiempo. Si sale un buen comic, pues genial, si el proyecto se queda a medias, al menos lo habremos pasado bien por el camino. )


TONTA

“Es tonta”. Es lo primero que oí de ella. Lo dijo Elvira, mi compañera del bufete. Claro, que Elvira era inmune a los otros encantos de Isabel. Encantos que, lo confieso, consisten principalmente en estar muy buena. Rebuena, como dicen por aquí.

Me la presentó el mismo Damián. Hombre casado, dijo de ella que era “una amiga”. Yo no hice comentarios, ni quise saber nada más. Me alejé, como se aleja uno de un precipicio o de una seta roja con lunares blancos. Ni me lo planteé.

Y sin embargo, un par de noches más tarde, mientras yo follaba con Silvia, Isabel apareció por mi mente. Ella y su escote. Y no me sorprendió. Observé a Silvia debajo de mí, sudorosa y agitada. Y su pecho escuálido, aburrido y conocido. Cerré los ojos y me concentré en el de Isabel. Y fue glorioso.

Damián cada vez me metía más en su círculo. Debería haber sabido que eso era peligroso. De hecho, lo sabía. Pero no me importaba. “Tengo muchos asuntos en los que tú me podrías ayudar, gallego”, me dijo. Yo repuse que había nacido en Madrid, que Galicia quedaba un poco lejos. “Vos sos gallego y no hay más que hablar”. Si hasta entonces me había llamado gallego sin prestar demasiada atención, a partir de entonces lo hizo con alevosía.

Eso me tocaba las narices, pero la relación tenía otras ventajas. Efectivamente, tenía muchos asuntos en los que yo le podía ayudar. Y pagaba muy bien. Como si a él se le llenaran los bolsillos de dinero cada mañana al ponerse los pantalones. Pagaba la minuta a mi bufete pero, aparte, me hacía llegar regalos bastante caros a mi casa. Un Tag-Heuer, por aquél asunto de los terrenos del colegio. Una Gibson cuando acojoné al gerente de una de sus tiendas con mil demandas y conseguí que dimitiera.

En el bufete se enteraron de la cuestión de los regalos. Y no les gustó. No les gustó nada. Les pareció poco ético, desleal hacia la empresa. Y por otra parte, examinaron mi trabajo para Damián. Y concluyeron que las cosas que hacía bordeaban la ilegalidad. Yo pensaba que mi trabajo consistía en eso.

Damián se enteró de mis problemas en el bufete y acudió en mi ayuda. Me propuso echarme una mano para establecerme por mi cuenta. Él sería mi cliente principal. Tanteé a varios de mis clientes habituales y, cuando cuatro de ellos me dijeron que se vendrían conmigo, di el paso.

De eso hace dos años. Y han sido dos años frenéticos. Sí que tenía asuntos Damián. Más de los que imaginaba. Y yo pasé a encargarme de todos ellos. Lo de bordear la ilegalidad quedó atrás. Fue como meterse en la piscina cuando el agua está fría. Primero metes un pie, luego te remojas la tripa… Dos años después soy Jacques Cousteau.

Pero no voy a morir por eso.

Isabel está en el baño ahora. Oigo cómo deja correr el agua. Ha estado llorando. Cuando me lo ha contado todo yo no he abierto apenas la boca. Me ha dominado el terror pero, aun así, he intentado calmarla con unas pocas palabras. Cuando ha entrado en el servicio me he asomado a la ventana.

Y el coche está ahí abajo. Un Mercedes azul oscuro. No soy bueno con las adivinanzas, pero sé quién está dentro. Al volante seguro que está Julio, con sus dedos como salchichas aferrando el volante. A su derecha estará El Negro. Serio como siempre. Con esos dientes enormes, que cuando los ves por primera vez dudas de si pertenecen a un humano.

Y en el asiento trasero, muy probablemente, está Damián.

He llamado a la policía. Les he dicho que necesitaba protección, que había unos hombres que me estaban esperando en la calle. Al rato ha llegado un coche patrulla, ha parado en doble fila y dos agentes han salido de él. Se dirigían hacial el portal cuando Julio ha salido del coche y les ha llamado. Ellos se han acercado al Mercedes. Tras un par de minutos de charla, los dos policías han subido a su coche y se han largado.

No tengo que imaginarme nada. Ya sé cómo ha sido. Se lo he visto hacer otras veces.  Con una mezcla de autoridad, amabilidad y condescendencia, se dirige a un policía, se interesa por él. Le cuenta una historia falsa, que es obvia, patentemente falsa. El policía duda. Luego Damián le encarga al Negro que saque unos billetes. O que anote la dirección del agente para enviarle algo a su casa. O para solucionarle un problema. Y el policía desaparece, como han hecho estos dos hace 10 minutos.

Uno de ellos ha tenido la deferencia de echar una mirada hacia mi ventana antes de subir al coche. Sí, cabrón, mira hacia aquí. Mira al tío al que acabáis de vender por una tele de plasma. Hijo de la gran puta.

No sé qué le va a pasar a Isabel y, si soy sincero, no me importa. Damián está chapado a la antigua, probablemente se conforme con darle una paliza o marcarla. Pero yo no voy a tener tanta suerte. Damián confiaba en mí casi a ciegas y cuanto más subes, más dura es la caída. Es un principio ineludible.

Y todo por unos pendientes. Los que le regaló Damián a Isabel por su cumpleaños. A Isabel le encantaron: son de plata, con una piedra verde. Hasta que coincidió en una fiesta con Natividad, la secretaria de Damián. Que llevaba unos pendientes de plata. Con una piedra verde.

Y Elvira tiene razón,  Isabel es tonta, pero no tanto como para no sumar dos y dos y ver que son cuatro. Y que si ella lleva unos pendientes por ser la amante de Damián, el que otra mujer atractiva lleve unos pendientes exactos, probablemente significa que también es amante de Damián..

Y monta en cólera. Cólera estúpida, porque Isabel no es la mujer de Damián. Así que esto es un conflicto entre sinvergüenzas. Y cólera estúpida, porque Isabel lleva año y medio acostándose conmigo. Pero ella no piensa en nada de eso. Sólo en su orgullo de fulana despechada. Y le monta una escena a Damián. Y aquí sí que es tonta, porque, desde luego, Damián no es la clase de hombre que deja que le avasallen. Él la manda a la mierda y la estúpida  le dice que bien, que de acuerdo. Que entonces se viene conmigo.

“¿Por qué con el gallego?”

Y ella se lo cuenta. Lo cuenta todo. Los fines de semana en el Spa, los polvos en mi despacho, mis visitas a su piso. Todo. Lo hace furiosa, enrabietada, para devolverle la afrenta a Damián. Y se queda tan satisfecha, con su orgullo restaurado, que ni se para a pensar en que me acaba de convertir en un cadáver andante.

Porque, como dijo Elvira, Isabel es tonta. Y no piensa, no asocia. No intuye de dónde viene el dinero. No se pregunta por qué los guardaespaldas de Damián son todos expresidiarios. Un periodista que ataca frecuentemente a Damián en sus artículos aparece un día muerto en una cuneta, pero ella tampoco ve la relación. O no le importa nada. Tampoco soy mejor que ella.

Isabel sale del servicio. Me pregunta si yo estoy bien. Me acomodo en la butaca, asiento con la cabeza y no le digo nada del Mercedes. Ella se sienta en el suelo y apoya su cabeza en mi rodilla. Estiro el brazo hasta alcanzar una botella de whiskey que hay en el aparador. Sin vaso y sin hielo.

Ella nota mi preocupación y aplica su solución estándar: me baja la bragueta y me dice que me relaje. No todo van a ser defectos. Yo hago un esfuerzo para seguir bebiendo el whiskey como si fuera agua. Diez minutos después, me he corrido en su boca y he liquidado la botella.

Nos quedamos en silencio un rato. Ella hojea una revista. Yo simplemente miro la pared y espero a que el alcohol empiece a hacer efecto. Cuando el dibujo del papel de la pared se vuelve borroso, reúno valor y me levanto. Le digo a Isabel que tengo que salir un rato. Que no se preocupe, que todo  se solucionará. Que si Damián ha roto con ella, probablemente no le importe ya nada de su vida. Ella me mira dubitativa, queriendo creerme. Y al final se lo cree. Qué ojo tienes, Elvira.

En el ascensor, me miro en el espejo y me da la risa. Pero se me corta rápido cuando pienso en  qué dirá Silvia cuando se entere. Pobre, seguro que me disculpa. Casi tropiezo al bajar los escalones del portal. Siento una náusea, pero me vuelvo a reír.

Salgo a la calle y voy directo hacia el Mercedes. Antes de que llegue, Julio y El Negro salen del coche. Me miran, sorprendidos. Esperaban tener que salir a cogerme, no que yo me acercase a ellos. Les sonrío a los dos.

– Eh Negro- les digo-  tengo una pregunta para ti. Esos dientes que tienes… tu madre… ¿a qué mono del zoo se folló para que tú salieras con esos dientes?

Yo empiezo a reírme. Ellos dos se miran sin comprender. Cuando están a punto de cogerme por los brazos se tienen que apartar, porque les vomito en los pies media botella de whiskey. Me insultan,  me agarran de malas maneras y me meten en el coche.

Miro a mi izquierda y ahí está Damián, muy serio. Sin girarse hacia mí. Me resulta cómico, mirando hacia el frente como si yo no estuviera, de noche y con sus gafas de sol puestas. Pienso que no puede estar viendo una puta mierda. Y que seguro que también llevaba las gafas cuando compró los pendientes. Claro.

El coche se pone en marcha y yo ya sé lo que eso significa. Pero imagino a Damián, en la joyería, con sus gafas oscuras puestas. Eligiendo unos pendientes, sin darse cuenta de que ya compró unos iguales hace 2 meses. Y me vuelvo a reír. A carcajadas.

FIN

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~ por jjsefton en junio 29, 2010.

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