Doctor en Alaska

Estamos en un momento dorado para las series de televisión. Posiblemente fue Los Soprano la que abrió la veda, demostrando que se podía hacer televisión con los mismos criterios con los que se hacía buen cine. Y en unos años en los que hemos visto series como la citada y Boardwalk Empire, The Shield, The Wire, Dexter, Breaking Bad, Treme o Misfits, resultaría muy tonto ponerse nostálgico y decir eso de que “Ya no se hacen series como las de antes.” O se puede decir, pero en general habría que añadir después “Afortunadamente”.

Y sin embargo, una de las que siempre pertenecerá a mi mundo particular es Doctor en Alaska.

La base de la serie no era un derroche de originalidad. Correspondía al esquema de lo que los yankis llaman “fish-out-of-water”. Es decir, se saca a un personaje de su entorno habitual y se disfruta con el choque del personaje con su nuevo ambiente.

El personaje era Joel Fleishman, un médico judío neoyorquino “condenado” a ser el médico de la localidad de Cicely, (Alaska), durante 4 años, en pago por haber disfrutado de una beca de estudios.

En su llegada choca con Maurice Minnifield, el rico propietario de casi todo el pueblo, y sobre todo, con Maggie O’Connell, una piloto de avioneta. Con ella tenía una relación de odio-amor que alimentaba de tensión sexual la serie. Y que recordaba mucho a las comedias clásicas, con diálogos envenenados al estilo de Historias de Philadelphia o Luna Nueva.

Entre los personajes entrañables estaban también Chris Stevens, el locutor de la radio, artista a ratos libres, intelectual y antiguo delincuente juvenil. O Ed Chigliak, un joven indio, director de cine amateur, dotado de una tranquilidad pasmosa ante cualquier eventualidad. Hollyn Vancour, el dueño del Brick, o Ruth Anne, la dueña de la tienda.

Un grupete al que no me importaría nada tener como vecinos. Lo cual era en gran parte el encanto de la serie. No es que la serie gustase al espectador. Es que muchos espectadores nos habríamos mudado a Cycely, sin dudarlo.

A veces se nos acusa a los hombres de no hablar claro de nuestros sentimientos. Bueno, pues aquí va. Yo AMABA a Maggie O’Connell. Aventurera, un tanto neurótica, feminista, autónoma hasta la obsesión, preciosa, tierna sólo a veces (¿he dicho ya lo de preciosa?)… 

 

(Aquí con Joel, en el Brick. Trifulca incoming in 3, 2, 1…)

La serie duró 6 temporadas. Los intérpretes no han hecho nada mucho más reseñable. A Barry Corbin (Maurice Minnifield) lo pudimos ver en No es país para viejos. Rob Morrow hizo una película con Sharon Stone que casi nadie recuerda – y que no me apetece buscar- y ahora protagoniza una de esas diez mil series de un cuerpo de la policía especializado en algo. John Corbett (Chris de la radio) se casó con Bo Derek. Uno de los productores de muchos episodios era un tal David Chase, que luego creó Los Soprano.

Y Janine Turner, que interpretaba a mi querida Maggie… bueno… en fin. Se operó la cara, dejándose la nariz mirando al cielo y unos labios como salchichas. Tuvo una hija y se dedicó a hacer alguna serie mediocre (Doctoras de Philadelphia), una película con Stallone y… a apoyar al partido republicano. En el sector Tea Party, más exactamente. Sí, es triste, y me parte el corazón. Pero quien dio cara y cuerpo a Maggie O’Connell, luego prestó su apoyo ni más ni menos que a Sarah Palin. Y ha participado en unos videos de ChristYoga. Que consiste en (sic) hacer yoga y al tiempo…alabar al señor.

Pero no nos quedemos con eso, quedémonos con los grandes momentos de la serie. Cierro este post con uno de mis favoritos, el funeral que Chris Stevens oficia para su amigo Tully. 

Han pasado ya unos años, pero yo seguiría mudándome mañana mismo a Cicely, Alaska.

Sefton

Ps1: Alguien se ha molestado en recopilar información sobre esta estupenda serie, y tiene colgada una web sobre ella, en castellano: Cicely Online

Ps2: Ahora que todo es internacional, puede que alguno esté tentado en comprar este pack con la serie completa, de Amazon.  Mi consejo, tras leer los comentarios es que NO lo hagáis. La serie está completa, sí, pero con los temas musicales cambiados por otros más baratos de derechos, para poder venderla en EEUU. Eso significa que por ejemplo, en la escena del funeral que acabo de poner, os perderíais el A Whiter Shade of Pale, de Procol Harum. Los dvds que se venden sueltos en España sí que tienen la música original, y por supuesto, están con su música original en los tugurios habituales de descargas.

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~ por jjsefton en julio 26, 2011.

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