Esta noche he vuelto a Manderley…

Perdón por la obviedad del título para hablar de la película Rebeca. Pero yo es que cuando tengo algo a huevo, aprovecho. Por eso no me invitan a la mansión Playboy.

Pues sí, esta noche ha caído otra vez, Rebeca, de Alfred Hitchcock. Una película que permanecerá en la memoria de todos, no por los protagonistas, ni probablemente por el argumento, sino por uno de los personajes: el Ama de llaves.

Vista hoy, a la película se le notan los años. Las interpretaciones no son gran cosa: Joan Fontaine sufre, que es lo suyo, Laurence Olivier sale más guapo de lo que uno lo recordaba y George Sanders despliega estilo y cinismo, una vez más, como pocos han podido hacerlo en la historia del cine.

Pero queda, claro, Judith Anderson, la siniestra y enloquecida Señora Danvers:

Adivinen cuál de las dos es la mala

Y aquí está el meollo de la cuestión. Su interpretación está pasada de rosca y de tiempo. Y a quienes hemos visto los Mundo Viejunos de Muchachada Nui, nos invade a cada rato la tentación de hacerle un doblaje alternativo. Me costaría decir que es una interpretación “buena”.

Y sin embargo, está esa escena. La mejor escena de toda la película, cuando la pérfida Danvers le enseña por fin a la protagonista la habitación de Rebeca. Y se deleita en explicarle las rutinas de la antigua señora de Manderley. Y en mostrar los trajes. Se frota la manga del abrigo de piel en la mejilla, para comprobar – una vez más – lo suave que es. Y luego le muestra el fino tejido del camisón a la pobre pazguata de Joan Fontaine, que ya va que necesita sales, diciendo “mire… mire cómo se transparenta mi mano”. Y Joan Fontaine comprende – y nosotros con ella – el horror en que se ha metido. Que esa fascinación insana de la ama de llaves hacia Rebeca es inextinguible, que tiene mucho de enamoramiento imposible, y que no va a acabar bien de ninguna de las maneras.

Y es en esa escena donde toda la interpretación envarada y excesiva de Judith Anderson cobra sentido, y de paso, toda la película. Que es, por si alguna duda le quedaba a alguien, una gran película, con todos los defectos que uno le pueda buscar ahora, 70 años después de su rodaje.

Cotilleando en la wikipedia, me entero de que a Laurence Olivier no le gustó que eligieran a Joan Fontaine, puesto que prefería a su mujer, Vivien Leigh,  para el papel. Así que trató a la pobre Joan a patadas. Y por otra parte, el cabronazo retorcido de Hitchcock convenció a la Fontaine de que nadie en el equipo la tragaba, para que se sintiera más desvalida e interpretase mejor al personaje. (Aparte de por el gusto que le daría, en sí misma, la idea de mortificar a una mujer guapa.)

De todos modos, no sintamos demasiada pena por Joan Fontaine. Aunque fuese una actriz especializada en papeles de mosquita muerta (véase Carta de una desconocida), al igual que su hermana, Olivia de Havilland, ambas dos deben de ser un par de brujas de cuidado. Y sí, digo “deben de ser” porque a fecha de hoy, y rozando ambas los 100 años, siguen vivas. Y brujas porque se odian, y porque, que se sepa, tras muchos roces y rivalidades, no se hablan entre ellas desde los años 70. Que tiene tela.

Lo cual valida un argumento de una buena amiga, Susana, que siempre dice que no te puedes fiar de las “Melanias” (por el papel de la Havilland en Lo que el viento se llevó).

Ps: Saludos a la contadina, que habrá venido hasta aquí atraida por la referencia a Manderley 😉

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~ por jjsefton en enero 6, 2012.

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