Imelda May – Big, bad, handsome man

Te acabas de duchar, pero es una noche calurosa y sientes que te acabará sobrando la americana. El portugués borracho que espera siempre a la entrada de tu hotel te vuelve a pedir dinero de malas maneras. Esta noche le dices que no, mientras arrugas en el bolsillo el telegrama que acabas de recoger en recepción.

Te alejas de la puerta del hotel para evitar al portugués y un taxi se detiene a tu lado.

– ¿Quería taxi, señor?

Lo cierto es que no, pero te subes, escuchando de fondo los insultos del borracho.

– ¿A dónde, señor?

– No lo sé… quiero tomar algo.

Sacas el telegrama arrugado del bolsillo y lo desplegarás releyendo las líneas que acabas de recibir. El taxista, espiando por el retrovisor, quiere ser amable.

– ¿Buenas noticias?
– No. Malas.

El taxista duda un segundo en el siguiente cruce, y cambia la trayectoria.

– Si son malas iremos al Loro Azul, señor, está en la otra punta de la isla, pero merece la pena, créame.

– De acuerdo.

Le dejas propina al llegar. Y te preguntas si has hecho bien al dejarte llevar hasta allí. Desde fuera no tiene muy buen aspecto. Parece una choza que haya ido creciendo sobre sí misma, con anexos tanto hacia los lados como hacia arriba en algunas partes. Desde luego, le vendría bien un repintado y que alguien se encargase de echar a los borrachos del porche. Miras hacia donde estaba el taxi hace unos segundos, pero sólo aciertas a ver su sombra alejándose por la estrecha carretera.

Piensas que, después de ese telegrama, la noche no puede empeorar. Esquivas a un concejal que discute con su pareja y le pide que no monte un escándalo.  Te abres paso hasta llegar a una mesa cerca del escenario. Con un gesto le preguntas al camarero si te puedes sentar allí. Asiente con la cabeza y un minuto después lo tienes junto a la mesa, tomándote nota.

Mientras te trae la copa, otro empleado ha subido al escenario y ha pedido silencio. No le has prestado mucha atención, todavía con el telegrama entre las manos. Entonces, del lateral del escenario sale una chica, acompañada por cuatro hombres.

Para cuando ella pasa a la segunda canción han ocurrido muchas cosas. Te has terminado tu bebida, has dejado el telegrama en el cenicero y has decido ignorarlo.

Y has pedido otra copa, pensando que el taxista te ha llevado exactamente al lugar que necesitabas.